Cuecas, caporales, sayas, un gran recibimiento teníamos nuestra primera noche, la vitalidad y el estado físico para bailar me impresionaba totalmente, lejos estaba del ritmo emparejado y a veces somnoliento con el que bailamos en Colombia, la primera impresión fue que la familia que nos recibía era muy orgullosa de su folclor, luego descubrí que Bolivia y los demás países andinos son muy arraigados a sus costumbres y son amplios conocedores de sus costumbres, sus danzas y sus antepasados.
No hay duda que la música andina transmite una inmensa nostalgia, un acorde de notas cargada de virtuosidad que al día de hoy escucho en el computador recordando aquella travesía, y acá quiero recomendar a todos escuchar a los kjarkas, los kachas y si tienen suerte a wayna wila.
Los días del viaje no se comió muy bien la verdad, fue en La Paz donde nos pusimos al día con nuestro organismo, no olvido el pico a lo macho, que me puso a llorar de lo picante que estaba, la picana exquisita con cualquier cantidad de carnes y tubérculos como el zapallo o el chuño que eran totalmente desconocidos para mi, tengo que confesar que ese día probé la capacidad de almacenamiento de mi estómago, la cual me alcanzó para un tercer plato. Los días siguientes probamos arroz con queso, sopa de maní, el falso conejo que me imagino se llama así porque no es conejo sino res, fricase que la relacionaba con la lechona, la quinua que era un grano sagrado para los incas, todos los platos acompañados de la llajhua la cual contenía tomate, sal, locoto y quirquiña y de la cual nos hicimos adictos, junto a la cerveza Paceña.
Pero bueno el viaje en Bolivia no nos la pasamos solo comiendo, empezaremos por hablar del sitio mas cerca de Irpavi, barrio en el cual nos quedamos, que era el Valle de la Luna, un extraño sitio de piedras erosionadas que formaban un paisaje espectacular, en el cual uno debía respetar el camino sugerido, de lo contrario se corría el riesgo de caer en sus profundidades, lo interesante era apreciar las montañas vecinas que al parecer era de arcilla y le daban diferentes tonalidades rojas, cafés y amarillas. Saliendo del valle de la luna se encuentra uno con el camino del águila y con un cactuario y justo antes de uno de los túneles una hermosa valla mostrándonos la gran diversidad étnica del país que a lo mejor para los extranjeros no es fácil de diferenciar.
Recordamos que en este pequeño paseo cuando íbamos en el colectivo, tan pronto se percataron que nuestro acento era de otro lado, inmediatamente nos cobraron mas el pasaje, pero bueno esto desafortunadamente pasa en todos lados, el turista es el blanco perfecto al cual hay que sacarle provecho.

Al día siguiente decidimos ir a Tihuanaco, un sitio obligado a visitar cerca de La Paz, un sitio que algunos nativos nos decían que algunos investigadores la consideran la ciudad más antigua del mundo, un paisaje que en mi ignorancia era desolador, supremamente alto, con un imponente monolito a la entrada que no era lo mas atractivo sino la puerta del sol y la puerta de la luna, los cuales al parecer estaban alineados en los solsticios de veranos para que los rayos de sol y de luna pasaran exactamente por alla.
Impresiona las expresiones de las estatuas y las momias labradas a piedra, los sitios donde uno puede interactuar simulando los roles y la jerarquía de la época, los puntos donde uno puede asomar el oído y escuchar lo que pasa a más de un kilómetro.
A punto de cerrar corrimos al museo antes de que lo cerrarán, donde nos advirtieron que era prohibido tomar fotos, claro que unos bolivianos dados al celador de turno facilitaron el trabajo.
La verdad es un sitio en el que uno va y se cree que se descubre por primera vez, era increíble saber que un sitio que al parecer tiene tanto significado en la historia de la humanidad, no esté tan explotado turísticamente, solo se pueden apreciar a su entrada unas tiendas improvisadas de los indígenas, ofreciendo souvenires a precios realmente ridículos.
Terminamos esta parte de la historia diciendo que en La Paz se encontraban civilizaciones que se distanciaban por siglos, se encuentra el indígena atado a sus fuertes costumbres de santería en condiciones de vida muchas veces precarias y por otro lado el extranjero europeo que retrata su aventura y su viaje pero que muy seguramente olvidará una vez esté en el avión. Quedo el gusto de haber ido a las pencas donde se contagia uno del fervor de la música tradicional, donde se conoció la música afroboliviana de los negros que en la época de la conquista huyeron a esconderse en la amazonía, detallamos la gran influencia de la música boliviana y sus estilos coreográficos para bailar en los bares, lo cual deja sin ninguna opción al turista de bailarlo, como el caso del grupo Axe Bahía, podemos decir que escuchamos fusiones de la música tradicional con algo de rock por parte de Waina Wila, y sorprendidos por las bastas manifestaciones amorosas de los novios en los antros.
La Paz también nos enseño la legalidad de la coca, su uso, su religión y su respeto, percibir sus olores, tropezarnos con el aimara y el quechua hablado por los indígenas en el centro de la ciudad, los improvisados negocios de casas de cambio, su pobreza material y su riqueza cultural, un país de altos contrastes, de gente inconforme que pide se les preste atención y ayuda.
Tiwanacu
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