Camino a Uyuni (Bolivia)

Llevábamos ya una semana en Bolivia, un itinerario basado en recorridos cortos a los alrededores de La Paz, era hora de alejarnos un poco, y que mejor que ir hacia el famoso salar de Uyuni, el “desierto de sal” mas grande del mundo. Diciembre siempre será una época difícil para viajar en cualquier parte del mundo, y Bolivia no era la excepción, lo extraño era como los pasajes de una empresa a otra cambiaban en grandes cantidades, finalmente logramos una reducción de algunos bolivianos en el tiquete, pero cuando íbamos a subirnos, teníamos que pagar un impuesto ficticio a los conductores, en fin, igual seguía siendo un precio competitivo para dos personas que venían de Colombia con el dinero contado y que pretendían hacer un tour por los países andinos. A medida que nos alejábamos, recordaba las palabras de Ángel, el esposo de Fabiola, una atractiva boliviana que era la tía de mi gran amiga donde nos quedamos. Ángel nos decía que la infraestructura vial de Bolivia era todavía muy precaria y que las únicas carreteras en buenas condiciones eran una que iba de norte a sur y otra de oriente a occidente. Fue así como psicológicamente me preparaba para un viaje especial, en el cual tuvimos oportunidad de observar cosas realmente diferentes. Recuerdo que llevábamos más de 6 horas de viaje, hacía un hambre feroz y guardaba la esperanza, que en el momento en que el bus hiciera una parada, tendríamos la oportunidad de comer un buen pedazo de carne, papas, etc. Pero gran sorpresa cuando al llegar había una pequeña tienda en donde lo único que pudimos comer fueron unas galletas y comida chatarra (golosinas, papas fritas). En medio del coraje de no poder comer placenteramente detallé una de las cholitas que viajaba en nuestro bus, como se alejaba hacia la parte trasera del bus, mi morbo me llevó a seguirla ya que me causaba curiosidad, y fue ahí cuando observe como se hacía al lado de una llanta, se agachaba, estiraba su pollera y orinaba, guau, eso si fue divertido, eso estoy seguro que en ningún libro o revista de turismo nos lo dicen, sin duda los indígenas bolivianos son especiales, sus costumbres y su comportamiento eran destacables. Seguimos viajando toda la noche, y llegamos a Potosí, una de las ciudades más pobres de Bolivia, donde se notaba el abandono y la pobreza, como era de imaginarse, el hambre seguía viva y buscábamos afanosamente algo para desayunar, aunque ya estaba advertido con la parada que había hecho el bus, que no podía esperar ningún manjar, y efectivamente comimos una bebida de maíz de color roja y una especie de arepuelas gigantes. Sin embargo es importante aclarar que esta experiencia no tiene nada que ver con la gastronomía boliviana, la cual es deliciosa y muy variada. Potosí es una de tantas ciudades que habla sobre las ironías que viven los pueblos latinoamericanos, recordando a Eduardo Galeano en su libro “Las venas abiertas de América Latina” éramos testigos de un pueblo olvidado que en la época de la Conquista tenía un cerro de una absoluta riqueza en minerales como el salitre, y de donde se surtían para hacer las monedas de toda Europa, tuvimos la oportunidad de ver el recorrido numismático en el museo de la moneda y ver lo que quedaba del cerro, muy probablemente de ahí viene la frase “como un Potosí” aludiendo a la riqueza que existía en esta región. Seguimos camino, y el encuentro con otros buses atestados de turistas indicaban la cercanía a Uyuni, sin embargo solo se veían caminos desérticos donde los bolivianos recreaban nuestro paseo hablando del recorrido que hacían Buth Cassidy asaltando los trenes que en esa época transportaban la riqueza de la región, e incluso escuchamos una veintena de sitios donde habían matado al Che Guevara. Día y medio viajando serían recompensados con la llegada a Uyuni, un pequeño pueblo turísticamente muy desarrollado en relación a otros sitios de Bolivia donde el extranjero podía contar con hoteles sencillos pero acogedores, Internet y restaurantes con alguna diversidad en su menú. Del pueblo lo atractivo es el ambiente multicultural, el cementerio de trenes que evoca una sensación que nos transporta a las viejas películas gringas del oeste. Pero el gran atractivo era el salar, un territorio de sal de 10.500 km cuadrados que sin duda alguna es uno de los espectáculos mas hermosos que he podido observar. Para realizar el tour al salar existen varias opciones dependiendo del presupuesto y de la habilidad para negociar con las improvisadas agencias que existen en las calles, donde niños y hombres muestran en un álbum familiar los sitios más llamativos para conocer. El tour completo incluía el salar, Tunupa, geisers, islas, lagunas etc. Desafortunadamente el presupuesto era restringido, así que hicimos un tour de dos días. El recorrido empieza muy temprano donde una caravana de camionetas nos espera y donde conoceríamos a Ludovic, un francés que venía de Perú con el que al día de hoy todavía nos hablamos. Nuestro guía el cual tenía un nombre particular ya nos hacia sentir en familia, jajajaja, se llamaba Primo. Él nos recomendaba utilizar todo el tiempo gafas oscuras debido a la refracción de la luz que podría ocasionarnos problemas en los ojos. Una hora después hicimos nuestra primera parada donde nos mostraban como era el proceso de refinar la sal y mas adelante el hotel de sal, el cual desafortunadamente estaba cerrado pero que anteriormente abría sus puertas al público con la posibilidad incluso de quedarse a dormir allá. Ese día nos quedaríamos en Tunupa, una pequeña isla semi volcánica en medio del salar donde encontramos cactus de hasta 12 metros de alto y con suerte algunas vizcachas o liebres propias de la isla. El salar se caracteriza por los fractales que se forman en la superficie y donde encuentra uno personas haciéndose curaciones con los gases de helio frío que según los nativos ayuda a las articulaciones y al rejuvenecimiento celular. Por otra parte la isla nos sorprendió con las grandes extensiones de quinua, las llamas rodeando las cercas en piedra hechas por los indígenas e incluso algunas cuevas donde contamos con la fortuna de encontrar esqueletos de indígenas acompañados de ofrendas como cigarrillo y plantas de coca. La isla se llamaba la isla del pescado, ya que desde lejos su forma era como la de los pescados que todos hacemos cuando eramos niños. No podemos dejar por fuera la ovejita negra que nos acompañó en el largo recorrido por la isla y algunos sitios donde el salar y el cielo se unían haciendo un solo paisaje de blancos y azules celestes. Desafortunadamente no contamos con suerte de observar un cielo totalmente despejado, el cual cuentan los bolivianos se refleja en el salar, dando una ilusión óptica de encontrarse encima de la tierra. Como anécdota y los que conocen de nuestro viaje, sabrán que es inevitable hablar sobre la larga noche que pasamos en Tunupa, donde no existía electricidad ni acueducto, justo lo que necesitaba para ir al baño y poder uhmmmmmm plácidamente. La verdad un espectáculo inigualable, una maravilla divina que espero la vida me de la revancha de ir de nuevo para conocerla en su totalidad.

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